IGORs

jueves, 28 de enero de 2010

NUEVOS INQUILINOS "El Caballero Teutón" (Primera entrada)


Aquí esta mi segundo aporte a la saga Nuevos inquilínos, espero que lo disfruteis:
Nuevos inquilinos: El caballero Teutón

La sala se encontraba en penumbras, presidida por una suerte de trono pétreo, poco ornamentado. Allí una enorme figura con gruesos bigotes y larga melena gris descansaba indolente, su cuerpo se encontraba cubierto por una cota de malla deslustrada por mil usos y encima, un tabardo blanco con una cruz negra completaba la estampa, delatándole como caballero teutón. A la izquierda del trono, se encontraba de pie una figura envuelta en una túnica marrón, sus atavíos denotaban una ocupación eclesiástica, sus manos se encontraban entrecruzadas en las anchas mangas, mientras su rostro se mantenía oculto bajo las sombras de la capucha.

-Aproxímate Elrick- al pronunciar estas palabras, el rostro del caballero que descansaba sobre el trono remarcó unas visibles cicatrices.

Tras esa voz de mando, otra figura emergió de la oscuridad, en completo silencio pese a su robusto aspecto y se detuvo en las penumbras que rodeaban el trono,

-Preséntate- dijo el monje, su voz era rasposa y desagradable.

-Soy Elrick Von Staffen, caballero Halbruder de la orden Teutónica. Me presento humildemente ante usted, Gran Maestre Ludolf Köning- la voz del caballero era grave y dejaba entrever que aquel hombre estaba más acostumbrado a dar órdenes que a recibirlas.

El monje mostró un leve aspaviento bajo su túnica, no haber sido incluido en el saludo no debió agradarle.

-Has servido bien a esta orden durante años- comenzó el gran maestre- no obstante en los últimos meses tú y tu regimiento desaparecisteis- al escuchar estas palabras, Elrick bajó la mirada- comprendo que luchaste hasta el final, pero es de necesidad que nos cuentes el suceso-.

El caballero pareció dudar un momento ante la orden de su superior, se resistía a recordar aquellos aciagos días, pero finalmente comenzó su narración.

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Todo comenzó el día diecisiete de octubre del año de nuestro señor mil trescientos cuarenta y cuatro del calendario gregoriano. Un nutrido grupo de paganos lituanos habían conseguido acceder de algún modo a los bosques occidentales de las tierras teutonas, ignoro cómo lograron esquivar a nuestros ejércitos y guardianes pero así era. Ante la posibilidad de tener que luchar en dos frentes si aquello se consentía, y teniendo al resto de la orden ocupada en la frontera de oriente, eligieron a mi batallón para eliminar la amenaza. El día mentado yo, junto con otros cuarenta Halbruders bien armados y entrenados, partí hacia aquellos oscuros bosques, con Cristo en mi corazón, mi espada en la mano y mis hermanos a mis espaldas sería una empresa sencilla. Libraría los bosques occidentales de aquella corrupta gangrena que amenazaba con carcomer nuestra hegemonía en aquellas tierras paganas.

Durante días cabalgamos, cogíamos provisiones de las aldeas por las que pasábamos, de ese modo podíamos avanzar más rápido portando menos peso, la gran mayoría de los campesinos nos ofrecían de buen grado lo poco que tenían y los pocos que fueron tan poco píos de negar su ayuda a la orden fueron castigados, y obtuvimos igualmente las provisiones por la fuerza. En varias ocasiones nos cruzamos con algunos de nuestros hermanos que marchaban en dirección contraria, unos pocos saludos era todo el reconocimiento que necesitábamos. Sin ningún otro contratiempo destacable el día veintitrés llegamos al linde del extenso bosque donde aquellos herejes se habían asentado. Era una visión grandiosa e intimidante a la vez, se trataba de un bosque inmenso, cuyos límites se perdían en la distancia. Accedimos por uno de sus senderos, conscientes de que nuestras monturas no podrían maniobrar bien en zonas de vegetación más densa, y desde luego aquel bosque era denso, como una de las selvas de las historias del sur.

Las horas transcurrieron, nos manteníamos alerta, sabiendo que pese a ser la flor y nata de la ilustre orden, aquellos salvajes podían con facilidad superarnos en número. Ordené a Olaf, mi segundo al mando, un contundente guerrero proveniente de las tierras escandinavas, que cerrase la comitiva para mayor precaución.

Aquel bosque, más sombrío y ominoso que el vientre de una oscura bestia resultaba perturbador. Pese a ser buena mañana, la luz no penetraba en aquel lugar. No obstante, llevaba la luz del único dios en mi alma, así pues no temí. Para acallar los temblores de mi cuerpo comencé a emitir rezos en silencio al que es uno y trino.

Perdido estaba en mi muda plegaría, cuando oí a uno de mis hombres gritar y caer. Me giré raudo sólo para ver cómo una andada de saetas, flechas y hachas asediaban a mis hombres. Ante una orden mía todos rompieron filas en grupos y cargaron contra nuestros asaltantes. Habían caído sobre nosotros sin previo aviso, eran sigilosos como una vil serpiente. Yo mismo cargué contra aquellos paganos hijos del oscuro, con mi espada en mi diestra y mi martillo en mi zurda di buena cuenta de esos malditos, pero nuestra mayor habilidad y las numerosas bajas que sufrían no parecía intimidarles lo más mínimo. Se lanzaban con furia salvaje, sin temer, poco a poco habían comenzado a emitir extraños cánticos que parecían arengarles, mientras que a mí me perturbaban en lo más hondo de mi ser. Lentamente, persiguiéndoles como pude, me fui alejando del sendero hasta acabar en un amplio claro, cuando emergía a él una jabalina acertó a mi montura en el cuello. Caí aparatosamente al morir mi fiel caballo. Durante un instante, aturdido, fui consciente de que más herejes llegaban al lugar, trayendo consigo a sus perseguidores, mis hermanos de armas, para acabar allí con sus monturas, salvó las de aquellos que ya llegaban desmontados. Algo no marchaba bien, pero en aquel momento lo fundamental era ganar la batalla. Un lituano rubicundo, ataviado únicamente con pieles, un yelmo de cara descubierta y armado con una tosca lanza se aproximaba hacía mí mientras cavilaba. Cuando se disponía a enviarme con mi hacedor actué, veloz y sin aviso previo, aparté con un golpe del martillo la lanza hacía mi izquierda y hundí el filo de mi espada hasta la empuñadura entre las costillas del salvaje. Se quedó laxo, apoyándose contra mí y comenzó a emerger sangre de su boca, había atravesado un pulmón, probablemente también el corazón. Me alcé y de un empellón destrabé mi espada del cuerpo inerte. Envalentonado corrí con mis armas dispuestas para ayudar a mis guerreros. La batalla en el claro fue un asedio constante, aquellos salvajes vestidos con pieles y marcados con tatuajes primitivos no cejaban en su empeño, pero mis hombres y yo éramos superiores en armamento y entrenamiento a nuestros oponentes. Finalmente, tras una larga lucha, el último de aquellos paganos huyó hacía la espesura, siguiendo a varios de sus compañeros.

Por un instante nos mantuvimos en guardia, expectantes, preparados ante otros ataques, pero nada sucedió. Miré a mí alrededor, junto a mí estaban Olaf y otros trece guerreros. A nuestros pies se encontraban los cadáveres de poco más de una decena de mis hombres, en contraste con la ingente cantidad de lituanos difuntos, con un rápido vistazo calculé que debían ser un centenar. Del resto de nuestros hermanos no había rastro alguno.

-Gran batalla- aventuró Olaf.

-Desde luego es una victoria para la fe verdadera, pero no una victoria completa, aún quedan paganos en estos bosques, hemos de encontrarlos- Nadie discutió mis órdenes, todos eran profesionales.- Pero antes debemos dar sepultura a nuestros hermanos y pensar un curso de acción acertado-.

NUEVOS INQUILINOS "El Caballero Teutón" (Segunda entrada)


Durante el entierro de nuestros hermanos no pude evitar sentirme culpable. Mi confianza en nuestra fuerza superior causó nuestra caída, nos rodearon y asaltaron por todos los flancos. Apartado del resto, observándoles, viendo nuestros yelmos ornados con astamentas y motivos salvajes, juré que si debía convertirme en demonio para vengar a mis hombres y acabar con la herejía, así sería.

Cuando todos los cuerpos estuvieron enterrados, la noche comenzaba a caer sobre nosotros. Algunos de mis hermanos murmuraron acerca de la posibilidad de hacer noche pero obvié sus comentarios.

-Señor- se atrevió a hablar finalmente Olaf, en representación del resto de guerreros,- Quizás deberíamos hacer noche, no sabemos hacia dónde dirigirnos y alguno de nuestros hermanos perdidos podrían seguir vivos-.

-No haremos noche- Le observé, con una mirada de desaprobación- los lituanos saben que estamos aquí y nuestros hermanos extraviados, de seguir vivos, ya habrían llegado, a no ser que estuviesen presos- alcé mi rostro al cielo- Y el camino nos lo marcará nuestro señor- me arrodillé y comencé a rezar. Me percaté de una mirada de incredulidad por parte de Olaf, pese a ser un magnífico guerrero a la hora de usar su gran hacha era el menos pío de mis soldados.

Mientras rezaba la noche terminó de gobernar el paisaje. Cuando incluso yo me disponía a abandonar mi continuada plegaría, oí a uno de mis soldados dar una voz de aviso. Mis ojos se abrieron con calma, a sabiendas de que mi petición al altísimo había sido escuchada, miré hacia donde señalaba mi hermano y vi el inequívoco fulgor de fuegos en mitad de la espesura, a una larga distancia hacia el interior del bosque.

-Han de ser ellos- dije más para mí que para mis subalternos.

-Eso no tiene por qué ser así- respondió Olaf.

-Hermano, tu falta de fe me llena el corazón de desazón, he rogado por una señal y los fuegos se han encendido-respondí.

-Se han encendido porque ha caído la noche- apenas terminó esta frase Olaf, me adelanté y levanté mi mano dispuesto a castigarle por su falta de fe. Él me observo sin inmutarse, finalmente decidí contenerme.

-Iremos, no se hable más- sentencié.- Preparad cuatro antorchas con las maderas que haya próximas, en breve seremos incapaces de ver nuestras propias manos-.

Nos pusimos en camino, adentrándonos en la espesura, siguiendo la dirección de los fuegos. Durante el trayecto Olaf no dijo nada más y no tardo en quedarse en retaguardia para cerrar la marcha. El resto de mis hermanos también mantuvieron silencio, expectantes, habíamos caído en una emboscada, no volvería a suceder. Los dos Halbruders más jóvenes comenzaron a recitar plegarias a Dios para ahuyentar el temor, práctica que varios comenzaron a imitar poco después. Más de una vez pensé en exigirles silencio, pese a ser un murmullo casi inaudible podía delatarnos, pero fui consciente de que nuestras propias armaduras provocaban un ruido mayor y aquellos rezos al menos templaban los nervios de mis hombres, cosa necesaria.

El tiempo pasaba y la situación era cada vez más desalentadora, la oscuridad era casi total, las cuatro antorchas que portábamos tan solo aportaban la luz suficiente para evitar tropezar, pero era preferible aquella penumbra a encender más fuegos que pudiesen llamar la atención. Después de una caminata sorprendentemente larga en mitad de aquel enorme bosque oscuro, llegamos a un sendero apenas visible por un pequeño trazo sin vegetación.

-Señor- dijo el guerrero de mi derecha,- este camino se ha marcado hace pocos días, y no hace mucho que ha pasado gente por aquí-. Le miré, estaba agachado observando vegetación, su nombre era Conrad, hacía casi tanto tiempo que me acompañaba como Olaf, había aprendido a escuchar sus consejos, antes de caballero, había sobrevivido como cazador furtivo, se libró de la horca al jurar lealtad a la orden.

-De acuerdo- dije. Se puso en pie y apoye mi mano diestra sobre su hombro para mostrarle mi agradecimiento- En ese caso sigamos esta senda-.

Avanzamos por el camino, más atentos, asumiendo que nuestros enemigos probablemente hubiesen pasado recientemente por aquel sendero. Tiempo después llegamos a una encrucijada. El camino seguía, pero una senda partía por el lateral izquierdo del mismo. Paramos nuestra marcha y pedí a Conrad que usase sus dotes de rastreador para decirme por donde había ido el grupo que seguíamos, no tardó en dar respuesta.

-Creo que la mayoría siguieron hacía el frente- se giró para mirarme,- pero unos pocos tomaron el otro sendero.

Deliberé en mi fuero interno sobre cuál sería la estrategia más adecuada. Al fin me decanté por enviar a cinco hombres por aquella vereda, para realizar una rápida inspección, mientras el resto del grupo seguiría avanzando. Así se lo comunique a mis hombres y no fueron pocos los gestos de disgusto, nuevamente fue Olaf el único que se atrevió a plantarme cara.

-Señor- me dijo con un tonó que mostraba respeto pero también condescendencia,- eso sería poco inteligente, yendo el batallón al completo nos redujeron a menos de la mitad, si nos dividimos, quién sabe si volverán, o si cuando den con nosotros seguiremos vivos-.

-Olaf, viejo amigo- Le respondí tratando de ocultar el enfado que comenzaban a provocarme sus constantes críticas,- yo soy el que dirige el batallón y mis órdenes han de ser obedecidas-. Miré al resto de mis hombres- además, hemos de purgar todo este bosque de herejía, no podemos dejar a ninguno de esos paganos vivos, ni tampoco podemos perder más tiempo del imprescindible-. Volví a mirar a Olaf- ¿algo que añadir?-. Por un momento, los ojos de Olaf mostraron desafío, pero finalmente apartó la mirada- de acuerdo pues-. Señalé a cinco de mis hombres, incluyendo a August, un robusto veterano y a los dos jóvenes- vosotros investigaréis este sendero, los demás vendréis conmigo-. Mis órdenes se cumplieron sin más quejas.

Avanzamos en la negrura que nos rodeaba, diez guerreros fieles a la fe auténtica. No había manera de comprobar el tiempo transcurrido, pero el sendero parecía extenderse sin fin. Largo tiempo después comencé a echar en falta noticias de los otros cinco soldados, pero supuse que estarían siguiéndonos a cierta distancia. Al fin, entre las ramas, comenzaron a asomar los titilantes destellos de los aun lejanos fuegos.

-Señor- llamó Olaf desde la retaguardia,- alguien nos sigue-.

-Serán August y los demás- respondí.

NUEVOS INQUILINOS "El Caballero Teutón" (Tercera entrada)


En ese momento, un rugido rompió el silencio de la noche. Fuese lo que fuese no solo venía por detrás, también por los flancos, de un modo similar a la primera emboscada, pero era imposible, esta vez íbamos alerta y en el silencio de la noche, no podían ser tan sigilosos. Oí a Olaf emitir un rugido de batalla a la par que un gruñido llamaba mi atención desde el frente. Al ver aquello mi fe se fortaleció, era la prueba de que el maligno existía. Corriendo encorvada una figura de piel oscura y malsana avanzó hacía mí, su rostro mostraba rasgos perrunos, sus manos terminaban en garras afiladas, su piel carente de pelo y correosa desprendía un olor asquerosamente amargo. Por un instante, el miedo me petrificó, pero cuando saltó sobre mí, nombré al hijo de Dios y golpeé con mi martillo la cabeza de la impía criatura. Cayó a un lado, rodando, su cráneo se había doblado hacia dentro al recibir el impacto, pero ante mi horrorizada mirada la oquedad recuperó su forma original y la criatura se alzó lanzando un rugido de furia. A mis espaldas oía a mis hermanos luchar contra aquellos seres, entre gritos de terror e ira. No me distraje, centré mi atención en mi enemigo. Volvió a cargar contra mí, otra vez mis años de entrenamiento y mi cuerpo templado en mil batallas hicieron que me adelantase, y volví a hendir su cráneo con mi martillo de combate, pero una vez más, aquel horroroso rostro recupero su forma original y la criatura apenas parecía aturdida. Detrás de mí oí un alarido acuoso de uno de mis hombres. La bestia pareció captar mi distracción y se abalanzó con furia renovada, sus zarpas me alcanzaron en el antebrazo izquierdo y en el pecho, haciéndome retroceder y soltar el martillo. En respuesta, ignorando el dolor, lancé un golpe de mi espada que hirió con sorprendente facilidad la cabeza del perruno ser, partiéndola por la mitad, la criatura trastabilló aparatosamente y se derrumbó en el suelo.

-¡LAS ESPADAS!- grité al instante- ¡USAD LAS ESPADAS!-.

Ante mi grito una nueva criatura me atacó apareciendo desde la espesura, la recibí blandiendo mi espada con las dos manos, trazando un amplio arco que provocó que cayese al suelo partida a la altura del estómago. Otras dos criaturas emergieron, una se abalanzó sobre mi cuando aún me recuperaba de mi anterior ataque, derribándome en el suelo, la segunda saltó sobre mi cuerpo caído, sus garras y dientes se clavaron en mi cuerpo. Pensé que mi fin había llegado cuando dos de mis hermanos apartaron a aquellos seres a espadazo. Me levanté exhausto, los pulmones me ardían y todo el torso me dolía de una manera horrible. Ignorando las penalidades sujeté de nuevo mi espada, pero la mayoría de las criaturas estaban ya muertas y el resto se retiraban. Me di la vuelta para observar al batallón, la escena era descorazonadora, cuatro de mis hermanos yacían muertos, uno de ellos tenía la garganta arrancada de un mordisco, el resto estaban cubiertos de diversas heridas, otro de mis guerreros había desaparecido y el resto de mis hombres estaba heridos y agotados sin excepción. A nuestro alrededor yacían una docena de cadáveres contrahechos y diabólicos, cuatro de ellos a los pies de Olaf. En los pocos instantes que nos tomamos para recuperar el aliento sucedió algo horrendo. Las criaturas comenzaron a exudar un oscuro líquido y después su propia carne empezó a burbujear y a deshacerse con un asqueroso olor a podrido y a corrupción. Sin poder contenerse más, uno de mis guerreros se quitó el casco y devolvió, poco tiempo después aquellos seres no eran más que oscuros y malolientes charcos en el follaje del bosque. Finalmente uno de mis hombres rompió el silencio reinante.

-¿Qué demonios era eso?- dijo en voz baja, casi inaudible, como si temiese llamar la atención de aquellas criaturas de nuevo.

-No lo sé- dijo Olaf con su potente torrente de voz, provocando que los demás mirasen temerosos a la vegetación que nos rodeaba,- pero por dios que estos bichos eran fuertes-. Sujetó su cota de mallas enseñando un agujero- desgarraron mi armadura de un solo zarpazo.

-Tú bien lo has dicho Sven- respondí dirigiéndome al primero que había hablado,- son demonios, pero con la ayuda de Dios hemos acabado con ellos-.

- Señor- dijo Conrad a mi zurda,- Lo que sucede en este bosque no es natural, esas criaturas realmente eran monstruos-. Desvió temeroso la vista a los alrededores- prefiero enfrentarme a humanos, esos seres no eran obra de Dios-.

Durante unos instantes pensé en las palabras de mi hermano de armas, era verdad que aquellas bestias eran mucho más terribles que los salvajes Lituanos, y los fuegos aún estaban a una distancia considerable y más en aquel difícil terreno, después de reflexionar me pronuncié.

-Estoy de acuerdo- Todos me observaron a la espera de ver como terminaba aquella frase- Parece que la noche es más amiga de los lituanos que nuestra, conocen mejor el terreno y esas bestias no nos asaltaron durante el día-. Me giré hacia Conrad- ¿serías capaz de encontrar un sitio apartado y seguro en el que descansar en este bosque?-.

- No estoy seguro- se le notaba dubitativo,- ellos conocen mejor este terreno que yo-.

-Cierto, pero confiarán en que sigamos avanzando hasta dar con ellos- interrumpió Olaf, dirigió la vista al cielo y continuó- Además queda poco para que amanezca, con que encuentres un lugar defendible bastaría-.

-Supongo que algo podría encontrar- afirmó con algo más de confianza Conrad- pero ¿qué haremos con nuestros hermanos desaparecidos?-.

Nuevamente tardé unos momentos en tomar una decisión, mi cabezonería había costado la vida a muchos de mis guerreros, como buenos soldados de Cristo teníamos que socorrer al necesitado y más si eran nuestros propios hermanos de armas.

-Desandaré el camino- Olaf dijo aquellas palabras sacándome de mis cavilaciones.

-¿Cómo?- pregunte desconcertado.

-Quedamos pocos, tú mismo estás exhausto, y necesitáis a Conrad, estos bosques se parecen a los de mi tierra natal y mi hacha ha mostrado su valía contra esas criaturas, mis dotes de rastreador son menores que la de Conrad pero podré encontraros cuando regrese a este punto del sendero- Olaf recitó aquel discurso sin el más mínimo rastro de temor en su rostro.

-No me agrada arriesgarme a perder a mi mejor soldado- me apresuré a comentar- pero si queda alguno vivo, podríamos necesitarle, confío en ti hermano, da con ellos, pero no vallas más allá de la encrucijada-. Tras yo decir aquello, Olaf realizó un saludo marcial y se marchó desandando la senda.

Con una orden corta, Conrad se puso a buscar en la espesura un sitio seguro donde pasar las últimas horas de oscuridad. No tardó en dar con una hondonada que nos mantendría ocultos de ojos curiosos, dispusimos dos turnos de guardia, primero Conrad y Rickard, después Sven y yo. Una vez organizadas de ese modo las guardias y habiendo extendido las mantas para descansar me arrodille y recé. Era una rutina, todas las noches rezaba al dios único y verdadero, mi fe y mi fuerza, el alfa y el omega, pero en esta ocasión no fue simple rutina, recé con un fervor como no había sentido desde mis tiempos de novicio en el monasterio, antes de unirme a la orden. Recé para que nuestro valor y fuerza bastasen para acabar con la corrupción de aquellas tierras, recé para que las almas de mis hombres encontrasen el descanso que merecían, recé para que el dios padre, hijo y espíritu santo guiase mi espada y pudiese vengar la muerte de mis hermanos. Finalmente limpié las lágrimas que habían aflorado en mi rostro y me dispuse a descansar.

Mis sueños estuvieron plagados de criaturas horrendas, monstruos perro que mataban y devoraban a mis hermanos, lituanos salvajes con rostros retorcidos de maneras demoníacas despedazando a mis guerreros, incluso los arboles nos enfrentaban.

NUEVOS INQUILINOS "El Caballero Teutón" (Cuarta entrada)


Me desperté sobresaltado, desorientado, debido a mi entrenamiento me puse en pie con mi arma en ristre antes de ser siquiera capaz de recordar donde estaba. Un vistazo alrededor me hizo rememorar lo acaecido el día anterior, aún aturdido me percaté de que el sol comenzaba a despuntar. Vi a Rickard y Conrad a un lado de la hondonada, inclinados sobre algo, y en ese momento ese "algo" gimió de dolor. Me dirigí hacía ellos y lo que vi me provocó una profunda tristeza, allí yacía August, la imagen era horrible, le faltaba un brazo del cual apenas manaba un hilillo de sangre, gracias a un cinturón fuertemente apretado, estaba cubierto de otras heridas menores y su rostro mostraba un estado casi febril de terror.

-Hermano August- todas las miradas se giraron hacía mí, antes de que pudiese preguntarle por lo sucedido comenzó a balbucear.

-Los árboles señor... los árboles nos atacaron-. Se debió percatar de mi mirada incrédula pues intentó alzarse para darle mayor fuerza a su relato, pero fue incapaz- los árboles nos atacaron, tenían tentáculos, como si fuesen una impía mezcla de un árbol y un kraken, nos pillaron de improvisó, nos destrozaron señor, sólo yo sobreviví-. Después de terminar esas palabras miró al cielo- perdónanos Señor, protégenos de todo mal...- y continúo con más rezos y palabras a Dios.

-Lo encontré poco antes de la encrucijada- la voz de Olaf resonó a mi espalda, me giré y allí estaba tal y como le vi la noche anterior, al fin algo bueno.- Estaba maltrecho, se había sujetado él mismo el torniquete pero aún sangraba bastante, tuve que rehacerlo, ha perdido mucha sangre y parece enloquecido de terror, pero después de lo que vimos anoche... creo sus palabras-.

-Yo también- asentí- hemos de acabar con el mal que mora en este paraje-. Miré a August- cauterizadle la herida y dejadle lo más oculto que podáis-. Nadie rebatió las órdenes- hemos de terminar nuestra empresa cueste lo que cueste, después vendremos a recogerle, preparad vuestras cosas, partiremos cuando estéis todos listos-.

Era consciente de que Conrad y Rickard no habían tenido oportunidad de dormir, pero era necesario partir ya, no podíamos aguardar más, cada momento que pasaba nos arriesgábamos más a una nueva emboscada, con ese pensamiento en mente volví a hablar.

-Esta vez no seguiremos el camino, Conrad- dije.

-¿Sí, señor?-

-¿Recuerdas la posición aproximada de los fuegos que vimos anoche?-

-Sí, señor-

-Nos guiarás hasta aquel lugar, caminando entre los árboles, alejados del sendero- le ordené.

-Lo que mandé, señor-.

Apenas había alzado su lento camino por el cielo el astro solar y la escarcha aún coloreaba de tonos blanquecinos la hierba del bosque, cuando nos pusimos en marcha. El miedo nocturno había dejado paso a la determinación y furia de la venganza y el castigo divino, así lo sentía en lo más hondo de mi ser y la convicción que veía en los rostros de mis hermanos delataba que ellos sentían algo similar. Caminamos encorvados entre los árboles, como la bestia acechante, alejándonos del sendero. Paulatinamente, según nos acercábamos a la fuente de los fuegos de la noche anterior, los ruidos del bosque comenzaron a escasear y una quietud ultraterrena se apoderó del paisaje de un modo terrorífico. Durante un largo trecho oteé atento, pero ningún animal, ninguna criatura viva apareció, parecía que nada quería vivir en aquellas tierras, incluso la vegetación estaba cada vez más desmejorada. Seguimos avanzando entre los árboles, siempre adelante, a paso ligero, haciendo el menor ruido posible. Una alta loma en mitad del bosque se cruzó en nuestro camino, no fue ningún impedimento pero cuando la coronamos, no pude evitar un temblor.

-Esto no es natural- dijo Olaf a mi espalda.

Frente a nosotros había una hondonada tremendamente amplia, con un gran claro en medio, presidido en el centro por un pequeño dolmen cuya visión me provocó un escalofrío. Pero no era eso lo más extraño, cuanto más próxima estaba la tierra a ese lugar, más maltrechos se encontraban los árboles y las plantas. Tal era así, que el claro era tan sólo tierra gris rodeada de unos pocos troncos muertos. En torno a aquella tierra malsana se levantaban unas tiendas primitivas y restos de hogueras, sin duda el campamento lituano, aparentemente desierto.

-Esto sólo puede ser obra del maligno- sentencié- ha llegado el momento de castigar la herejía y vengar a nuestros hermanos-.

Continuamos nuestro avance por aquellas tierras malditas. Todo el vello de mi cuerpo se erizaba según nos aproximábamos a nuestro destino, pero había otra sensación, la excitación de la proximidad del combate, pronto podría ver el rostro del artífice de aquella corrupción y mandarle de vuelta con el Demonio.

Nada nos impidió el paso y el sol había alcanzado su cenit cuando dejamos atrás los últimos arboles vivos. Caminamos en el paraje desolado levantando pequeñas nubes de arena gris con nuestro avancé y finalmente alcanzamos el campamento. Lo que se intuía en la distancia era cierto, allí no había ni un alma, debían haberse marchado en nuestra busca. Algo llamaba mi atención poderosamente mientras revisábamos las tiendas, el dolmen, me inquietaba y atraía a partes iguales. Al fin dejé de resistirme y me aproximé, con cada paso la sensación crecía, mis hombre me siguieron. Al llegar vi algo que o esperaba, la tierra entre las rocas estaba removida y había una abertura lo bastante grande como para descender por ella.

-Sabía que antes de acabar el día descenderíamos a los infiernos- dijo Sven con una sonrisa en los labios.

-Me temo hermano que eso que dices puede ser verdad- respondí- coged las maderas más próximas que encontréis y envolvedlas en trozos de tela, usad las tiendas, necesitaremos antorchas de nuevo-.

Mis órdenes fueron cumplidas con celeridad y empezamos nuestro descenso. Fui el primero en entrar, el agujero descendía lentamente en cuesta hacía el interior de la tierra. Al poco de entrar un extraño olor a podredumbre y corrupción me asaltó, dejándome sin aliento, costaba respirar en aquel ambiente tan sumamente viciado, detrás de mí oí varias toses.

-Es repugnante- Rickard apenas pudo pronunciar estas palabras.

La rampa seguía descendiendo, siempre hacía abajo, casi sin darme cuenta el suelo de tierra había desaparecido y avanzábamos por una rampa compuesta de losas de piedra negra. En la lejanía comencé a ver un punto de luz y el horrible olor fue dando paso a un aroma dulzón, parecido al incienso traído del sur. Cuando nos aproximamos a aquel fulgor y vi que era una abertura, preparé mi espada y mi martillo, mis hombres me imitaron y finalmente llegamos a la base de aquel interminable corredor.

NUEVOS INQUILINOS "El Caballero Teutón" (Quinta entrada)


Lo que vimos ante nosotros nos dejó sin aliento. El túnel desembocaba en una enorme bóveda de dimensiones ciclópeas, las paredes estaban talladas con mil ojos de distintos tamaños y formas. En mitad de aquella titánica sala se abría un pozo que ocupaba casi todo el lugar, frente a éste había una hoguera y ante ésta, una figura, una doncella de larga melena azabache, con una túnica ligera, un cuerpo de formas suaves, hermosas y proporcionadas, un cuerpo tentador, el cuerpo del Diablo sin duda. Detrás de ella había dos figuras arrodilladas que apenas podía distinguir. La mujer llevaba un tocado con un ojo dorado y en su diestra portaba un largo bastón de madera oscura coronado por un pomo de metal. Se giró hacía nosotros, su rostro era hermoso y joven, pero sus ojos eran grises y profundos, los de una anciana. Se rió con una carcajada hermosa, hipnótica. Empezó a mover sus labios pero nada se oyó, un leve movimiento hizo que volviese mi mirada para ver como Rickard asentía en silencio, una sonrisa de calma afloró en su rostro.

-Lo que mandes, amada mía- dijo.

Sin casi darme tiempo a reaccionar se abalanzó sobre mí blandiendo su martillo, su golpe me alcanzó en el yelmo con una fuerza tremenda, derrumbándome. Saltó hacía mí, poniendo un pie a cada lado de mi pecho y alzó su arma con ambas manos, dispuesto a acabar con mi vida sin duda cuando el enorme cuerpo de Olaf chocó contra él, arrojándole contra el suelo de manera brutal. Me levanté, débil, me quite el yelmo abollado y lo dejé caer al suelo, noté como un hilillo de sangre manaba de mi sien izquierda, no lograba centrarme, oía ruido de lucha pero parecía lejana. Al fin la refriega se detuvo y fui poco a poco capaz de focalizar, miré a mis hermanos, sólo para ser testigo de una visión dolorosamente terrible, a los pies de Olaf yacía el cuerpo decapitado de Rickard. La bruja rió nuevamente.

-Los teutones sois divertidos- su voz era hermosa- lucháis con fervor por vuestro dios ficticio, pero yo sé la verdad, yo he mirado a los ojos de los dioses verdaderos-. Pronunció unas palabras que no pude distinguir en la distancia y las dos figuras que había tras ella se alzaron.

Eran los lituanos más inmensos que había visto en mi larga vida, sacaban una cabeza a Olaf y sus espaldas eran anchas como las de un oso, únicamente vestían unos pantalones de pieles, sus cuerpos estaba completamente tatuados con pinturas y cicatrices y su boca estaba sellada, cosida. Ambos comenzaron a correr hacía nosotros a la vez, con largas zancadas, afiancé los pies al suelo, recuperado ya del golpe de Rickard cuando uno de aquellos monstruos saltó sobre mí, adelanté la punta de mi espada con una estocada fuerte y certera, años de entrenamiento me permitieron alcanzar el corazón del primer golpe y la hoja se hundió hasta la mitad del largo filo. Mientras mi rival caía de rodillas volví mi mirada hacía el otro gigante que había saltado sobre Sven, haciéndole caer al suelo y con sus inmensos puños había empezado a golpear la cabeza de mi soldado. Cuando me disponía a sacar mi espada para ir en ayuda de mi hermano algo lo impidió, me giré y para mi horror vi la enorme manaza del salvaje sujetando mi brazo, la otra mano se lanzó contra mi cuello a la velocidad de un relámpago sin que yo pudiese hacer nada y comenzó a apretar. Enseguida noté la falta de aire, sujeté con fuerza el martillo y golpeé su codo que se quebró con un ruido seco, liberando mi garganta, alcé de nuevo el martillo, cuando el lituano repentinamente estiró su brazo izquierdo, alejándome de él y sacando mi espada, aun sujeta por mi diestra, de su pecho. Con un rápido movimiento describió un círculo sobre sí mismo sin soltarme, la inercia me hizo tropezar y en ese momento abrió su mano haciéndome caer de manera aparatosa de cara al suelo. Antes de que mi cuerpo respondiese, noté un tremendo peso en mi espalda, una mano enorme me sujeto de la cabeza y empezó a golpearla contra el suelo. Intente levantarme o apartar a aquel bárbaro de encima pero pesaba más que un caballo y poseía una fuerza inhumana, todo empezó a volverse borroso. Noté que la bruja había comenzado a entonar un cántico, parecido a lo que gritaban los lituanos que nos emboscaron. Percibí como mi consciencia empezaba a abandonar mi cuerpo y la enorme mole que me aprisionaba se levantó, pero aun así era incapaz de controlar mi cuerpo y oí aquel cántico como si todo lo demás careciese de importancia.

<<...iä iä shub-niggurath la cabra negra del millar de retoños tikliak nhahali phungial, dame poder, oh madre, a mí, tu hija amante, para despertar al ojo que mora en la oscuridad iä iä y destruir a los creyentes del falso dios, iä iä madre, amante y soberana...>>

Un horror indescriptible empezó a adueñarse de mi cuerpo, algo dentro de mí sabía que si la permitía continuar, algo terrible sucedería, tanteé con mi mano hasta alcanzar la empuñadura de mi espada la sujeté con fuerza y me levanté a duras penas. Uno de aquellos gigantes estaba estrangulando a Olaf, Conrad yacía en el suelo, intentaba incorporarse pero parecía incapaz de hacerlo, el cuerpo de Sven estaba sobre las negras losas de piedra que cubrían toda la sala, con la cabeza convertida en un amasijo sanguinolento de hueso, sangre y carne. El otro gigante estaba inerte en el suelo con la cabeza cercenada. Sujeté mi espada con ambas manos, me aproximé y lancé un tajo al cuello de aquel monstruo con las pocas fuerzas que me quedaban separándole la cabeza del resto del cuerpo, la figura decapitada se giró hacia mí dándome un manotazo que me hizo volver al suelo, pero, para mi alivio, inmediatamente después trastabilló y se derrumbó inmóvil. Olaf tosió sonoramente y se levantó, se aproximó y me ayudó a incorporarme, después hizo lo mismo con Conrad. La impía sacerdotisa parecía ignorarnos.

Sin mediar palabra nos aproximamos con nuestras armas prestas, y cargamos contra ella. Conrad fue el primero en atacar pero la bruja nos estaba esperando, se giró sobre sí misma y, trazando un amplio arco, golpeó con el pomo del cayado en el yelmo de Conrad que dio con su cuerpo en el suelo de nuevo. Olaf y yo atacamos a la mujer a la par, pensé que la abatiríamos sin problemas pero aquella sacerdotisa de Satán era rápida y fuerte, detenía nuestros golpes con la madera de su bastón con una velocidad y precisión incomprensibles, sus movimientos asemejaban algún tipo de frenética danza, resultaba narcótico, sus sinuosos movimientos nos desconcentraban volviéndonos lentos, torpes… Verla en movimiento había comenzado a abstraerme, cuando la base del bastón me golpeó en el estómago haciéndome caer de espaldas y rompiendo el encantamiento. Consciente nuevamente oí con claridad un fuerte alarido, miré en dirección a Conrad y vi horrorizado como su yelmo, al rojo, se derretía sobre su rostro desollándole la piel y la carne del cráneo, sus ojos explotaron ante mí, era una visión digna del más diabólico de los avernos, su alarido cesó. Me levanté furioso y cargué contra la diabólica mujer de nuevo, cuando está intentaba acorralar a Olaf contra el pozo. Sus movimientos seguían aturdiéndome pero en menor medida que antes, el recuerdo del rostro destrozado de Conrad lo impedía, entre Olaf y yo comenzamos a ponerla a la defensiva, pequeños cortes comenzaron a aparecer en su piel, la batalla parecía ganada cuando Olaf lanzó un grito, entretenido en la lucha solo llegue a ver como caía al pozo, arrastrado por algo. La desaparición de Olaf me sorprendió, la bruja aprovechó el hueco que dejé, atacó intentando golpearme en el pecho con el pomo del callado pero logré interponer mi martillo. Inmediatamente la madera del martillo comenzó a ennegrecerse y la cabeza a derretirse, lo deje caer, en ese momento un fuerte golpe del bastón en la pierna me hincó de rodillas. La bruja alzó su arma apuntando el pomo hacia mi rostro con una amplia sonrisa de satisfacción. El pomo bajó, pero me anticipé, mi espada golpeó el pomo desviándolo, haciéndole chocar contra las losas de piedra azabache y de un rápido movimiento di un tajo con la hoja al rojo de abajo a arriba, abriendo las entrañas de la sacerdotisa pagana. Su rostro se puso lívido y cayó de rodillas poniéndose a mi altura, de su interior no surgieron tripas sino extraños órganos oscuros, su piel dejo de ser tan hermosa y se volvió negra y corrupta, enfermiza.

Me levanté, decapité a la hereje y dejé caer mi espada mientras se derretía. Con movimientos lentos, casi automáticos, me encamine hacía Conrad e ignorando el horror desfigurado que antes había sido su cara cogí su espada, recorrí los pocos metros que me separaban del pozo preparado para afrontar la última parte de nuestra misión y observe hacía su interior. Oscuridad, una oscuridad más densa y profunda que el mismo tiempo, una oscuridad que bullía y se movía. Empecé a entonar una plegaría a Dios cuando en mitad de aquella negrura se abrió un ojo, un oscuro ojo de verde iris que abarcaba prácticamente la totalidad de la fosa, apenas se entornó, pero fue suficiente para ser consciente de su magnitud, era inmenso.

-Cristo dame fuerza-

Tras decir aquello levanté la espada de Conrad, dispuesto a arrojarme contra aquella monstruosidad, cuando un dolor atroz recorrió todo mi cuerpo. Bajé la mirada y vi como un tentáculo más negro que la noche me había atravesado el estómago, lo golpeé con la espada pero no sirvió de nada, acto seguido un segundo tentáculo me atravesó al lado del anterior. Notaba como las fuerzas me abandonaban.

-Cristo dame fuerza- repetí mientras escupía sangre.

Volví a alzar mi espada cuando ambos tentáculos de estiraron en direcciones contrarias, no hubo dolor, solo un crujido y un desgarro, caí hacia el pozo viendo cómo, unos metros por encima de mí, caía la mitad inferior de mi cuerpo... y en ese momento morí.


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La sala se quedó en silencio. El sacerdote saco las manos de sus mangas y dejó caer una estatuilla de cerámica que sujetaba, al caer se hizo añicos y Elrick desapareció del mismo modo que un montón de arena desaparece esparcida por el viento.

-¿Nos ha dicho la verdad?- preguntó la potente voz de Ludolf.

-Así es, el conjuro así lo decretaba, nos ha dicho lo que sucedió tal y como él lo recuerda- respondió el monje con su voz rasposa.

-¿Crees que Cyaegha habrá despertado?-. Mientras hacía esa pregunta Ludolf se levantó y comenzó a caminar hacia la puerta acompañado del monje.

-Lo dudo, de haber despertado a estas alturas tendríamos alguna noticia de ello, no obstante deberíamos enviar a algunos hombres a que terminen de limpiar esos bosques, sin la guía de la sacerdotisa no deberían ser un peligro, pero no hay que dejar nada al azar-.

-Responde a una cosa viejo amigo- Köning se encaró al monje y continuó- si ambos son hermanos ¿por qué nuestro Señor y la Cabra Negra del Millar de Retoños se enfrentan?, ¿por qué no aúnan fuerzas?, es un desperdicio de aliados-.

-¿Aliados?- el monje soltó una risotada insana- para los dioses no somos más que meros juguetes, simplemente recuerda viejo amigo, que uno de tus cometidos en estas tierras es que el ojo que mora en la oscuridad no despierte hasta que nuestro señor así lo requiera, no conviene desobedecer al Caos Reptante del Millar de Máscaras-.

-Sigo sin comprenderlo del todo, ¿para él esta guerra sólo es un juego, o realmente le importa lo que aquí se decida?- el Gran Maestre parecía dolido.

-Quién sabe, los caminos de Nyarlathotep son inescrutables- sentenció el sacerdote.

jueves, 14 de enero de 2010

NUEVOS INQUILINOS "Gemelos: primer acto" (Primera entrada)


"Esta es nuestra historia, la mía, la de mi hermana y la de la sombra que siempre trajo nuestro declive…"


Muchas historias cuentan sucesos tan extraños que con el paso del tiempo la gente acaba tomándolas por cuentos, éste se sitúa en el noreste de la Península Ibérica, lindando con Francia, el sitio concreto nunca se encontró.

Corría el año 700 después de Cristo, la llamada peste de Justiniano daba sus últimos coletazos. Un invierno frío como pocos se había instalado en toda la región, la nieve decidía por donde se podía pasar y el calor del hogar era el mejor sitio donde estar.

Todo comenzó como un cúmulo de pequeñas dosis de mala suerte. Un cartel en un cruce de caminos que cede ante el viento, dejando de marcar que el viejo sendero está abandonado. Un rayo que cae y derriba un árbol sobre el camino principal. Un grupo de nueve personas en un carromato y ocho caballos que llegan al poco tiempo y toman el camino que queda abierto, un camino que nadie ha pisado en muchos años.

Luego, tras su paso, un leve alud tapa el sendero empujando el tronco fuera del camino. Al poco, un abultado grupo de soldados a caballo pasan de largo el sendero sin siquiera verlo, jamás encontrarán a los hijos del conde.

Tras varias horas de sendero estrecho y sinuoso, salen del bosque a una llanura nevada que asciende hasta un pequeño pueblecito, con siglos de antigüedad, pequeño, de no más de diez casas. Al otro lado del pueblo, el suelo desaparece abriéndose en un gran cortado hasta las encrespadas olas.

-Al fin un tejado donde guarecerse de los dioses- comentó Teodosio, jefe de los asaltantes –un lugar perfecto y retirado donde escondernos y esperar a que el conde reúna nuestro dinero.

-Siempre que el conde acceda a pagar- puntualizó Elvira.

-Pagará, si hace falta le mandaremos a la niña muerta para que valore más el pago por su primogénito- dijo el líder mirando a los dos niños que había en el carro temblando bajo dos gruesas pieles. –Tú sólo preocúpate de que no se escapen y de mantener mi cama caliente-. Los compinches rompieron en carcajadas y todos continuaron la marcha.

Según se aproximaban al pueblo, los caballos comenzaron a reducir el paso y a resoplar, hasta que se detuvieron a unos cincuenta metros de la primera casa. Los bandidos estaban muy ocupados tirando de los caballos y los bueyes, cuando a Sancho, que así se llamaba el niño, le subió un escalofrío por la espalda y tembló al sentir una sensación extraña y familiar, como si alguien lo observara fijamente. Al seguir la sensación, le pareció ver dos pequeños puntos rojos en la oscuridad del campanario de la iglesia. Al segundo desaparecieron como si nunca hubieran estado, como siempre ha pasado.

Desde que alcanza a recordar, ha tenido un sueño, en parte pesadilla, estaba todavía dentro de su madre, era la hora de salir al cruel mundo, frío y desapacible. Pero al acercarse a la luz, el cordón que le alimentaba se cierra sobre su cuello estrangulándole, entonces aparecen esos ojos en la oscuridad del útero de su madre, el cordón se rasga y puede salir a conocer el mundo.

No sabe si fue así realmente, pero no fue la única vez que vio esos ojos, siempre que la muerte rondó su vida, aparecieron presagiando un cambio de la fortuna que evitara los terribles desenlaces.

-¡¡Dolón!!- sonó una vez la campana extendiendo su tañido más allá de la linde del bosque. Todos se pararon en seco y buscaron el campanario, pero nada se movió y no volvió a sonar.

-¿A qué esperáis para continuar?- bramó el líder –sepan o no que llegamos, este pueblo ya es nuestro.

Continuaron luchando contra el temporal y la tozudez de los animales hasta que por fin llegaron a la primera casa- Antes de que golpearan la puerta, ésta se abrió liberando una cálida ráfaga de aire que les rozó levemente. Teodosio comenzó a desenvainar la espada a la par que sus compañeros, Elvira levantó su arco desde lo alto del carromato.

Una robusta mujer de melena larga y negra asomó a la entrada.

NUEVOS INQUILINOS "Gemelos: primer acto" (Segunda entrada)


-Saludos nobles señores, somos humildes campesinos a su servicio- dijo sin levantar la mirada del suelo –mi nombre es Adela. Entren a calentarse al fuego, mi marido Diego se encargará de llevar al establo los caballos y el carro.

Un cuarentón de dos metros y espaldas anchas asomó tras la campesina, Teodosio pasó la brida del caballo a Nuño, la última incorporación de la banda, era el chico para todo, siempre andaba ocupado haciéndole la vida más cómoda a sus compañeros.

-Mi amigo- dijo poniendo la mano sobre el hombro del novato –acompañará a tu esposo y traerá los bultos del carro, ¡Elvira!

-¿Sí?- contestó bajando el arco.

-Trae aquí dentro nuestro botín más valioso y procura que no se escapen por el camino, que te ayude Omar- dijo adelantándose hacia la puerta.

Adela se apartó a un lado para dejarle pasar y fue cogiendo la empapadas pieles de los invitados, cuando terminaron de entrar las puso todas frente al fuego en nueve sillas, que ya estaban preparadas de antemano, para que se secaran.

Al entrar pusieron a Sancho y a su hermana Amelia a un lado de la chimenea, el chaval no paraba de mirar a Omar, un mercenario de las tierras de Oriente, canijo y con grandes brazos. Sus manos sujetaban el otro extremo de la cuerda que aprisionaba sus manos y las de su hermana, en cuanto aflojara cogería a Amelia y saldrían corriendo por la puerta, sólo si llegaban al bosque tendrían alguna oportunidad, pero esa noche no tuvo suerte.

Pasados unos minutos, cuando el grueso del grupo estaba acomodado en el salón con un caldo caliente en las manos, entraron por la puerta Nuño y Diego cargando con dos voluminosos baúles cerrados con grandes candados. Amelia, que no perdía de vista a la campesina esperando que se apiadaran de unos niños y les ayudaran a escapar, pudo ver como se le iluminaba la cara de alegría al ver los pesados bienes de sus captores.

La niña recordó el miedo y la tensión del asalto al castillo de sus padres, los temblores, el pánico a la muerte. Estos campesinos no temían por sus vidas, no veían el peligro que suponía la calaña que había entrado en sus casas.

Fuera, las grises nubes luchaban entre ellas, comenzando a derramarse sobre el campo. Dentro, el tañido de los truenos sonaba todavía lejano.

-Señor- dijo Adela acercándose a Teodosio.

-¿Sí?- contestó sin retirar la vista del fuego.

-Debería ir a explicar la situación a los vecinos y buscarles un alojamiento adecuado, creo que estarían cómodos en la casa grande que hay junto a la iglesia, no vive nadie allí, pero mañana estará preparada.

-Creo que no entiendes la situación, éste es ahora nuestro pueblo, viviréis o moriréis según nos plazca, así que ahora mismo irás a por todos tus vecinos y los traerás aquí- sentenció extendiendo las manos hacia el fuego. –Gilberto, Juan, acompañadla y que no se olvide de nadie, registrad las casas. Quiero tenerlos a todos aquí antes de que escape alguno a pedir ayuda.

-Os aseguro que no es necesario, no deseamos morir, pueden coger lo que quieran y quedarse el tiempo que les plazca, no es necesario traer aquí a todo el pueblo.

-Creo que no he pedido vuestra opinión- contestó llevándose las manos a las orejas para calentarlas.

Adela se giró resignada y salió por la puerta seguida de Gilberto, un buen espadachín carente de mano izquierda por cometer el peor error para un ladrón, dejarse coger, y Juan, un viejo soldado que mató a su capitán por un puñado de monedas, no sin perder un ojo en el proceso. Ambos se unieron a Teodosio en el motín que los salvó del garrote.

NUEVOS INQUILINOS "Gemelos: primer acto" (Tercera entrada)


Pasó algo más de una hora en lo que despertaron a todos los pueblerinos y comprobaron que no quedaba ninguno escondido.- Los destrozos fueron considerables, pero nadie se quejó o se negó a seguir todas sus instrucciones, nadie excepto un anciano arisco que presentó poca resistencia debido a la edad.

Cuando por fin los recogieron a todos volvieron a la casa de Adela. En su ausencia, los proscritos habían comido y se habían distribuido por las tres habitaciones, una para Teodosio, Elvira, los niños y los cofres, quedando dos para el resto del grupo. Sólo el líder y otro bandido bastante flacucho los esperaban frente a la chimenea. Una vez entraron todos en la casa, Teodosio se acercó a Juan y Gilberto.

-¿Todo tranquilo?- preguntó a sus hombres.

-Sí- respondió Juan.

-Todos se han portado como borreguitos, bueno todos menos ese viejo cascarrabias- concretó Gilberto señalando a un anciano que tenía la cara amoratada y parecía quejarse de un costado.

-Bien, comed algo en la despensa y volved después, vosotros haréis la primera guardia, a media noche dadle el relevo a Nuño y Omar. Vosotros- dijo señalando a los campesinos- escuchadme atentamente porque sólo lo diré una vez. Este pueblo ahora nos pertenece, haced lo que digamos y nadie tendrá que morir.

-Ya le dije que no causaríamos ningún problema- dijo Adela en nombre de todos.

-Sí, pero ya soy perro viejo en todo esto, ¿falta alguien?- preguntó directamente a la dueña de la casa.

-No, estamos todos y no hacía falta destrozar las casas para comprobarlo- contestó Magdalena, una anciana rechoncheta que estaba al lado de Adela.

-Lo que es necesario o no lo decidiremos mis hombres y yo, le sorprendería donde es capaz de esconderse la gente- dijo volviendo a la silla que tenía frente al fuego. –Este es Marcus- continuó señalando al delgado compañero que se sentaba a su lado –tiene una gran memoria para las caras y los nombres, presentaos uno por uno, en el momento que falte alguien, el resto seréis destripados y el pueblo arderá. ¿Lo he dejado claro?- dijo volviendo la cabeza hacia sus nuevos vecinos.

Todos afirmaron cabizbajos y comenzaron a presentarse.

-Cuando terminen, pueden volver a sus casas y busquen un lugar para que duerman sus vecinos. Por ahora, nos quedaremos aquí- sentenció mirando a Adela y Diego. –Por cierto, recuerden que desde esta casa controlamos la explanada que da al bosque, si alguien intenta huir, sufrirá mucho antes de morir.

-Como desee- contestó Diego.

Poco a poco fueron saliendo hasta que no quedó nadie, Marcus y Teodosio se fueron a dormir, dejando a sus dos compañeros junto al fuego.

El jefe tardó en conciliar el sueño, tenía una sensación extraña, normalmente era necesario que matara a más de un hombre cuando ocupaban alguna aldea, luego mataba a los demás al irse, pero para imponerse sobre los autóctonos, siempre había algún derramamiento de sangre. En esta aldea todos eran demasiado sumisos y a pesar de hacerle el trabajo más fácil, estaba más preocupado que nunca.

Esa noche Sancho ardió de fiebre, sufriendo terribles pesadillas que se tornaban en alucinaciones cuando abría los ojos, pero no sólo fue una mala noche para el niño.

NUEVOS INQUILINOS "Gemelos: primer acto" (Cuarta entrada)


Apenas pasaban dos horas de la media noche cuando comenzó a nevar, Juan y Gilberto yacían plácidamente dormidos mientras Nuño y Omar se morían de aburrimiento y sueño, el novato hacía guardia frente a la ventana, su compañero, por su parte, se preparaba un bocado nocturno en la despensa.

En ese preciso momento un rayo cayó a escasos diez metros de la casa, Nuño, quedó tan impactado como un murciélago que volaba cerca, el cual fue a chocarse contra la ventana de la despensa, haciendo que el oriental se sobresaltara y mirara por la ventana, a tiempo de ver una figura encapuchada saliendo de la casa de enfrente. Por un momento y como si fuera una señal, un mechón largo y pelirrojo se escapó de la capucha.

El novato salió al exterior a comprobar de cerca el suelo churruscado, así que no pudo oír a Omar avisarle desde la despensa que se iba tras una campesina. Cuando Nuño entró empapado su compañero ya no estaba.

La nieve y los truenos amortiguaban completamente cualquier ruido en el exterior, así que el corpulento hombre fue corriendo de esquina en esquina asomando la cabeza para comprobar que se dirigía al establo, una vez dentro ya no tendría escapatoria, nadie les oiría en su nidito de amor. Corrió hasta la puerta y miró tras de sí, no parecía que los siguiera nadie, así que entró rápidamente y cerró con cuidado, no quería sobresaltar al conejito.

Al observar dentro del edificio pudo ver a la jovenzuela, ya con la capucha quitada y la melena rizada colgando hasta el final de la espalda, estaba desatando uno de los caballos.

-¿Se puede saber dónde pretendes ir?- la muchacha dio un salto a un lado y se giró temblando.

-No es lo que pensáis- argumentó con un inaudible tono de voz- sólo iba a cambiarlo de sitio, el techo es viejo y tiene muchas goteras.

-No tienes por qué mentirme, ninguno de los dos dirá nada de lo que ocurrió aquí esta noche.

-Pero le repito que no hacía nada- contestó la doncella dando un paso atrás.

-¿Cuál es tu nombre gorrioncito?- preguntó el bandido mientras colocaba el tablón que cerraba la puerta del establo.

-Rosa, señor- dijo con voz temblorosa dando otro paso atrás- hija de Fernando y Marta.

-Bien Rosa, yo soy Omar y creo que esta noche nos vamos a conocer muy a fondo- dijo adelantándose y dejando caer el abrigo de pieles al suelo.

-No, por favor, dejadme volver a casa- balbuceó la joven.

Omar saltó sobre ella tumbándola sobre el heno boca arriba, ella gritó y le arañó el cuello tratando de apartarlo, él la agarró el brazo por la muñeca y sin ninguna dificultad le arrancó la manga del vestido y el abrigo, dejando la suave piel al descubierto.

La chica quedó petrificada de miedo, momento que aprovechó el oriental para arrancar los botones de un tirón y dejar el pecho de la joven al aire, los pechos y un collar de enormes perlas, dignas de una reina.

Esta vez, fue Omar el que quedó congelado ante tal incongruencia, Rosa reunió todo el valor que pudo y le asestó tal puntapié en su orgullo, que el corpulento hombre cayó de culo sumido en un inmenso dolor.

La joven se echó a un lado e intentó salir corriendo, pero Omar no iba a dejar escapar una joya como esa, la agarró por el tobillo y tiró de ella. Rosa cayó y antes de que pudiera reaccionar, tenía al corpulento hombre sobre ella con sus manos rodeándole el cuello.

-¿Dónde crees que vas con mi collar?- dijo quitándoselo con una mano mientras le estrujaba el cuello con la otra. -Me gusta tu regalo, pero seguro que tenéis más, ¿dónde?- la miró fijamente a los ojos, aflojando la mano.

-Es una herencia familiar, no tenemos nada más- contestó, tras coger algo de aire.

-Mientes- sentenció mientras guardaba el collar y sujetaba la garganta de la joven con ambas manos, - apenas me costaría romperte el cuello, pero sería un desperdicio, una niña tan guapa, con tanta vida por delante. Haznos un favor a los dos y no me vuelvas a mentir, ¿dónde?- dijo comenzando a cerrar las manos.

-En la cripta- contestó la joven con un hilo de voz, casi inaudible. Omar aflojó la presa.

-¿Dónde?

-En la cripta- contestó como pudo recobrando el aliento.

-Eso está mejor, guíame y no intentes ninguna artimaña o tendré que matarte y preguntárselo a tu padre mientras violo a tu madre.

Omar recogió las pieles y empujó a la joven en dirección a la puerta. Rosa se recolocó la ropa lo mejor que pudo, al tiempo que el bandido retiraba el tablón. Luego, los dos se internaron en la lluvia camino de la iglesia.

NUEVOS INQUILINOS "Gemelos: primer acto" (Quinta entrada)


Nuño, por su parte, había estado revisando la casa en busca de su compañero. Al no encontrarlo, había ido a la despensa a comer algo, mientras pensaba dónde podía estar. Probablemente se habría escondido en alguna parte a echar una cabezada, así eran todos, siempre le tocaba hacerlo todo a él. Al menos, eso pensaba hasta que vio la comida a medio preparar de Omar. Si algo era su compañero, aparte de mujeriego, era glotón, jamás dejaba que sobrara nada, si alguien no quería más, ahí estaba él para ayudarlo.

Se acercó a la puerta de la despensa y comprobó que el suelo estaba mojado, alguien la había abierto recientemente. Al salir al exterior, pudo corroborar lo que ya imaginaba, las huellas de su compañero se alejaban del tejadillo.

El novato se tapó bien y cerró la puerta, si Omar andaba metido en algún lío, más le valía solucionarlo antes de que Teodosio se despertara. Salió del tejadillo y comenzó a seguir las borrosas huellas bajo la nieve.

Mientras tanto, Omar y Rosa se hallaban ya en la iglesia resguardados y la joven caminaba entre los bancos cabizbaja, ocultando una siniestra sonrisa de los avariciosos ojos que iban tras ella. Al llegar al altar, Rosa se paró y retiró la alfombra de esparto que había ante ellos mostrando una trampilla de poco más de un metro cuadrado. Cogió una vela y la encendió, mientras, Omar, sin perderla de vista, levantaba la sólida puerta de madera.

Bajó tras ella, sin casi ver los escalones que tenía a sus pies, sólo la seguía tanteando el suelo con la puntas de los pies. Descendieron en completo silencio más de veinte metros hasta que, al fin, llegaron al último escalón, habían llegado a un pequeño rellano en el que apenas cabrían tres personas más.

-Espero que esto no sea un truco, aquí no veo ningún tesoro- dijo Omar bastante ansioso.

-Está tras esta puerta- dijo Rosa acercando la luz a la pared de la derecha e iluminando una sólida puerta con un grueso tablón atravesado.

La joven dejó la vela en el suelo y retiró la madera con ambas manos. Omar, que no cabía en sí de la ilusión, abrió la puerta y dio tres pasos hacia la oscuridad de la sala que se abría ante él, convencido de que en cuanto entrara la joven con la vela vería montones de joyas y monedas.

La puerta se cerró violentamente tras él, sumiéndole en las tinieblas y el sonido del tablón contra el metal le sacó del trance.

De repente, un miedo intrínseco en el ser humano a la oscuridad absoluta comenzó a aflorar en él. Se giró por puro instinto de supervivencia y cargó contra la puerta, armando un gran estruendo y dislocándose el brazo.

-¡¡¡Aaarggg!!!- gritó de dolor e impotencia. –¡¡¡Ábreme zorra traidora!!!, ¡¡¡bruja!!!, ¡¡¡cuando salga de aquí, te partiré en dos!!!, ¡¡¡a ti y a todo tu pueblo!!!

-Jamás saldrás de aquí- le contestó la joven con tono burlón –los hombres como tú son tan previsibles.

-¡¡¡Sácame ahora mismo!!!- gritaba mientras seguía golpeando la puerta con el brazo sano.

-Yo que tú ahorraría energías- respondió la voz alejándose escaleras arriba, -no sé si te has dado cuenta, pero no estás solo.

Al hombretón se le encogió el corazón y se giró de espaldas a la puerta. Unos segundos le bastaron para distinguir varias respiraciones distintas, aparte de la suya, ninguna parecía humana.

Bajo la nieve, Nuño se repetía que tenía que traer a Omar de vuelta antes de que se levantasen sus compañeros, apunto estaba de girar la esquina de la casa y ver cómo salía una pelirroja figura de la iglesia. De repente una gélida corriente le entró por el cuello recorriéndole todo el cuerpo y el aullido cercano de un lobo terminó de convencerlo, su obligación era vigilar desde la casa y evitar cualquier huida. Omar era mayorcito para asumir sus propias responsabilidades, así que volvió a la cabaña y se sentó frente a la ventana a esperar. Con un poco de suerte, su compañero volvería antes de que los gallos despertaran a todos.

NUEVOS INQUILINOS "Gemelos: primer acto" (Sexta entrada)


Poco antes del alba, en el establo, tuvo lugar el último suceso de la noche. La gotera predicha por Rosa estuvo chorreando sobre la rienda medio suelta del caballo, humedeciéndola y provocando que se terminara de soltar del poste. El caballo notó un leve picor y agitó la cola, mosqueando a un tábano que no dudó en picarle. Acto seguido un inmenso dolor sacudió al caballo, soltó tres coces al aire tratando de aliviarse, al no surtir efecto optó por salir al galope del establo, que había quedado abierto tras la visita de Omar y la campesina.

Mientras, en la vieja casa de Adela, el tejadito de piedra que protegía la chimenea de la lluvia y la nieve cedía. Erosionado por el paso del tiempo, se desplomaba contra las ascuas, esparciendo éstas por todo el salón. Nuño, atento toda la noche frente a la ventana, saltó de la silla y las recogió rápidamente con unas pinzas oxidadas que colgaban de la pared junto a la chimenea. El caballo tuvo el tiempo suficiente para atravesar desbocado la pequeña llanura que le separaba del bosque antes de que el vigía volviera a su puesto frente a la ventana. Unos minutos después el gallo anunciaba el nuevo día, aunque fuera seguía pareciendo noche cerrada.

Poco a poco los asaltantes fueron despertando, cuando Diego y Adela llegaron fueron golpeados y arrojados a una esquina.

-¡Bien, confesad antes de que os arranque algo más que una mano!- rugió Teodosio con la espada desenvainada frente a ellos.

Los campesinos le miraron asustados y sorprendidos, frenó su espada y replanteó la pregunta intuyendo que ellos no tenían la respuesta.

-¿Dónde está Omar?, ¿qué habéis hecho con él?

-Lamento no poder responderle- contestó Adela.

-Les dejamos a todos aquí y nos fuimos a dormir a casa de nuestro hijo Gonzalo, debe creernos- explicó el campesino mientras se sujetaba el dolorido estómago.

-¿Les pincho un poco a ver si nos dicen la verdad?- preguntó el novato, que lucía un moratón en el ojo.

-Ya has metido la pata lo suficiente- dijo mirándole al ojo sano. –No creo que sepan nada.

Teodosio envainó la espada y se dirigió a la despensa, abrió la puerta exterior y observó el suelo, ya no quedaba rastro de ninguna huella. Llamó al novato y a Elvira y después de unos minutos, salió al exterior de la casa seguido de Nuño, la mujer cerró la puerta y volvió al salón.

-¿Qué sucede?- preguntó Juan.

-El jefe ha ido a comprobar una cosa, mientras, tú y Gilberto volved a registrar las casa y traed a toda esa escoria de nuevo aquí.

-Ese novato no hace nada a derechas- dijo Gilberto bastante molesto por tener que volver a empaparse.

-Más os vale que no tengáis nada que ver en esto o no quedará nadie vivo- sentenció Elvira mirando con desprecio a los dueños de la casa.

En menos de media hora estaban todos los campesinos en la casa, empapados y a medio vestir, pero no faltaba nadie, y ninguno parecía saber nada.

-¿Por cuál quieres que empiece?- preguntó Marcus mientras desplegaba un hatillo con tenazas, ganchos y otros utensilios igual de aptos para la tortura. –Irá más rápido si revivís el fuego de la chimenea.

-No vamos a hacer nada hasta que vuelva Teodosio- contestó la segunda al mando.

NUEVOS INQUILINOS "Gemelos: primer acto" (Séptima entrada)


Al cabo de unos minutos, llegaron los dos solos, Nuño volvía con el otro ojo amoratado, Elvira se apresuró hacia la despensa algo preocupada.

-¿Qué ha sucedido?

-Lo que nos imaginábamos- contestó el líder bastante contrariado.

-¿Y ese ojo?

-Tiene suerte de que no le raje las tripas- respondió girando y desenvainando la espada.

Nuño cayó de espaldas y retrocedió hasta chocar con la pared bastante asustado, mientras Elvira sujetaba el brazo de la espada.

-¡Suelta mujer!- exclamó zafándose y envainando el arma. –He dicho que tiene suerte, ahora no puedo permitirme perder más hombres. Entre los que perdimos en el castillo y Omar, quedamos muy pocos para preparar el cobro de los niños. Si no habría vuelto solo- dijo dedicándole una mirada de las que hielan la sangre.

-¿Y con los campesinos qué hacemos?

-Mándalos a sus casas, tenemos cosas que hacer- contestó girándose y señalando a Diego –coge lo que necesites y arregla este destrozo- dijo señalando las ascuas cubiertas de nieve.

-Necesitaré a alguien que me ayude a reparar el tejado de la chimenea- respondió éste mirando los restos de piedra.

-Llévate al inútil de Nuño, a ver si es capaz de hacer algo bien.

Diego fue a la despensa a recoger al maltrecho Nuño y salieron por la puerta de la despensa camino del establo a recoger el material que necesitaban, por su parte el resto de campesinos volvieron a sus casas llevándose a Adela con ellos.

Una vez salieron todos, Marcus escupió al suelo y se acercó al líder.

-No entiendo por qué no hemos empezado a interrogarles a todos, a este paso no encontraremos a Omar.

-Sé que tienes ganas de jugar con tus herramientas, pero no les sacarías nada, ese mulo sin cerebro ha resultado ser más listo de lo que esperaba.

-¿Omar listo?- preguntó burlonamente Gilberto y todos menos el jefe y Elvira se echaron a reír descargando un poco la tensión del suceso.

-¡¿Tanta gracia os hace que ese mostrenco cogiera la mitad del botín, su caballo y huyera en mitad de la noche?!- rugió Teodosio.

-¿Qué Omar ha hecho qué?- preguntó Juan frotándose su único ojo completamente perplejo.

-Lo que has oído- contestó Elvira -ese bastardo ha cogido un cofre y se ha marchado con su caballo en mitad de la noche.

-Eso es imposible- Gilberto no salía de su asombro -su zamarra está en la habitación.

-Tampoco se iría antes de cubrirse de oro, ese conde nos hará de oro- Juan había hecho bastante amistad con el oriental y se resistía a creer que los había traicionado de esa manera.

-No hace falta recordar que el único equipaje de ese malnacido era un saco lleno de comida, con lo que se ha llevado no pasará nada de hambre el resto de su vida-. A Teodosio le hervía la sangre cada vez que se acordaba del cofre perdido- además, todos sabéis que puso muchas trabas al plan del secuestro.

-¿Y cómo pudo hacer eso sin que el novato se diera cuenta?- preguntó Juan que seguía sin estar muy convencido.

-Esa rata de alcantarilla seguro que se quedó dormida. Pero ya basta de hablar, ahora mismo Omar y nuestro cofre se alejan de nosotros. Marcus y Elvira vendrán conmigo, a ver si conseguimos encontrar algún rastro de ese gusano. El resto os quedareis aquí custodiando el otro cofre y a los niños.

-Pero será difícil encontrar algún rastro ahí fuera- argumentó Marcus -no tiene sentido perdernos por los bosques, nos lleva por lo menos media mañana de adelanto, ya estará camino de cualquier ciudad.

-En esta zona hemos asaltado varias aldeas y el castillo del conde, no creo que cabalgue por los caminos principales o se adentre en pueblos y castillos cercanos. Si encontramos un rastro en los alrededores, sólo habrá que seguirlo, su caballo va cargado con un cofre muy pesado, no aguantará mucho sin dejarle descansar.

-Deberíamos centrarnos en el conde- insistió el viejo soldado –si todo sale bien, ese cofre no será ni la parte que le correspondía.

-Si en unas horas no encontramos ningún rastro, volveremos, pero no pienso dejar escapar vivo a ese perro si tengo la ocasión.

Dicho esto, los tres bandidos salieron de la casa, cogieron sus caballos y partieron hacia el bosque en busca de Omar. Al poco rato de la partida llegaron el novato y el silencioso Diego, el primero llevaba una caja con diversas herramientas y varios tablones, el campesino acarreaba una gran escalera de madera que apoyó sobre el tejado nada más llegar. Resopló varias veces antes de subir por ella, Nuño trepó tras él haciendo equilibrios para que no se le cayera nada.

NUEVOS INQUILINOS "Gemelos: primer acto" (Octava entrada)


Juan y Gilberto estaban en el salón de la casa, entrando en calor gracias a una perola de caldo recién preparado que había traído su anfitriona.

-Los niños necesitarán entrar un poco en calor también, con su permiso les llevaré un par de tazones y algo de pan.

-Juan, acompáñala y asegúrate de que están bien atados cuando terminen de comer- dijo Gilberto dando un largo sorbo.

-No creo que nadie te haya nombrado jefe en su ausencia.

-No, pero alguien tiene que encargarse de eso y Nuño está ocupado, además, a mí no se me da bien eso de atar nudos- dijo mostrando su muñón izquierdo.

Cuando llegaron a la habitación se sorprendieron bastante al encontrar al niño empapado en sudor y discutiendo con su ausente tío, cuando Adela se acercó pudo comprobar que estaba ardiendo, la niña miraba a su hermano bastante asustada.

-¿Lleva mucho tiempo así?- preguntó Adela.

-Ha estado muy caliente toda la noche, pero desde que se despertó hace unos minutos está hablando solo, ni siquiera me ve- contestó la niña muy preocupada.

-¿Le pasa algo?- preguntó el bandido preocupado ante más contratiempos.

-No, le pondré un paño de agua fría y pronto estará recuperado- mintió la mujer.

Desataron a los niños y mientras Amelia sorbía la sopa, Adela se la dio a Sancho. Una vez terminaron, la mujer le puso un paño de agua fría en la frente al niño y Gilberto los volvió a atar. Antes de irse y sin que el bandido la viera, Adela desatrancó la ventana, los niños no durarían mucho, así que tenía que darse prisa.

Volvieron frente a la fría chimenea y Adela se marchó a prepararles más caldo, volteó la casa y entró en silencio por la ventana. Antes de que la niña se asustara le tapó la boca y le habló al oído.

-Tenéis que venir conmigo, no tendréis un momento mejor para escapar.

-Tú no vienes por nosotros- se atrevió a decir la niña que se fiaba cada vez menos de los campesinos -tú vienes a por el cofre.

-Ya tendré tiempo más tarde de recogerlo, aunque no te lo creas la salud de tu hermano me preocupa bastante, así que si no quieres que muera en esta habitación, envuélvete en la manta y sígueme sin hacer ruido, yo llevaré a tu hermano.

Amelia no tenía otra opción, así que siguió a la mujer al otro lado de la ventana. El ruido de los truenos y las reparaciones del tejado amortiguaron los pequeños ruidos que hicieron al salir, una vez fuera bordearon los edificios en dirección a la iglesia. El único que pudo haberlos visto fue Nuño desde el tejado, pero Diego lo tenía bastante ocupado y sus amoratados ojos apenas le permitían ver lo que tenía delante.

Una vez entraron al resguardo de la iglesia Amelia se paró delante de Adela.

-¿No se suponía que íbamos a llevar a mi hermano al curandero?

-No podemos salir con todos esos bandidos por ahí, tendremos que esperar a la noche, cuando estén dormidos.

-¿Cómo hicisteis con el hombre que ha desaparecido?- la pregunta sorprendió bastante a Adela, pero estaban a punto de dejar de ser un problema, así que no se preocupó.

-Todo lo que tenéis que hacer es esconderos y no salir hasta que yo vuelva, sígueme- se recolocó al tembloroso niño y bordeó a Amelia camino del altar. -Ahora si me haces el favor de quitar la tela y abrir la trampilla, os enseñaré vuestro refugio.

NUEVOS INQUILINOS "Gemelos: primer acto" (Novena entrada)


La niña siguió todas las instrucciones mientras Adela cogía una vela, luego se hizo a un lado y la mujer inició el descenso con mucha calma, la seguía mirando entre sus brazos tratando de descubrir dónde iban.

Una vez llegaron abajo le pidió que abriera la puerta y entrara, nada más adentrarse en la oscuridad de la sala notó el enrarecido aire típico de las catacumbas, cierto olor a humedad y abandono, pero no era sólo eso, olía a sangre y podredumbre, como el día de matanza en las despensas del castillo.

La poca luz que se filtraba hacia dentro sólo le dejaba ver la forma difusa de unas columnas con altos arcos que las unían, tras éstas parecía haber algo vivo moviéndose al amparo de la oscuridad.

Un violento empujón la lanzó bajo el arco que tenía delante y la luz que portaba Adela entró iluminando la amplia sala. Amelia contempló la sala por un segundo y cayó de rodillas, completamente horrorizada tapándose los ojos, como si de esa manera fueran a desaparecer.

-Esto es una pesadilla pronto despertaré, esto es una pesadilla pronto despertaré…- y así siguió, en estado de shock balanceándose de adelante a atrás sin separar las manos de la carta.

Sancho pudo ver como entre sueños lo que su hermana jamás olvidaría. Rodeados de columnas unidas por arcos, se hallaban tres seres sacados del más horrendo infierno. El del centro parecía estar formado de un humo verde condensado, casi gelatinoso, de torso para arriba sólo difería de un humano en sus alargados dedos. De cintura para abajo, dos apéndices bajaban entrelazados apoyándolo sobre el suelo y volvían luego a subir alrededor del ser hasta sobrepasar su cabeza tres metros más arriba. Ahí se separaban, terminando cada en un ojo.

Los otros dos seres parecían diferentes al primero, ambos tenían gruesas piernas cubiertas de un pelaje marrón oscuro. El que estaba a la derecha tenía dos piernas, mientras que el de la izquierda se apoyaba sobre cuatro. Del centro de éstas, salía un tronco envuelto de tentáculos, que al llegar a la parte superior se separaban y flotaban a su alrededor terminando en lo que parecían unos aguijones del tamaño de un puño. De entre los tentáculos surgía una especie de masa oscura y gelatinosa coronada por unos diminutos labios rodeados de ojos.

El de las dos piernas tenía un torso con cuatro pechos y la misma cantidad de brazos, las grandes manos lucían tan sólo tres dedos, acabados en unas garras tan largas como el antebrazo del niño. La cabeza, carente de boca, albergaba gran cantidad de tentáculos, cada uno con un ojo al final, todos ellos le miraban.

La mujer depositó a Sancho a un lado de la niña que seguía recitando las mismas palabras, apoyó la espalda del muchacho en la columna y se irguió ante los extraños seres como si nada.

-Todo va según lo previsto, pronto el resto estarán también aquí- hizo una sencilla reverencia y cerró el portón al salir.

Antes de que la última ráfaga de luz se marchara con la mujer, Sancho pudo entrever como el ser de cuatro brazos avanzaba hacia él con las palmas extendidas, en cada una de ellas se abrían unos oscuros labios recubiertos de sangre reciente. La oscuridad les envolvió y el goteo sobre el suelo fue aproximándose hasta que en su delirio el niño pudo sentir el aliento cálido y pútrido en su propia cara.

-“¡Detente!”

Sancho oyó esas palabras en su propia cabeza, parecía una voz masculina y ronca. Amelia gritó horrorizada y salió corriendo hacia la salida, chocó con la puerta y comenzó a arañarla y golpearlas con fuerza, perdiendo varias uñas en el vano intento de abrirla.

-¡Sal de mi cabeza, despierta, despierta….!- la niña se acurrucó contra la puerta y comenzó a sollozar.

-“Luz”

Siete antorchas, una en cada columna, ardieron iluminando la gran sala. Una de las manos le giró la cara y todos los ojos pudieron ver los oscuros bultos que tenía en el cuello, al momento los otros dos brazos dejaron al descubierto el torso del niño, las axilas resultaron tener los mismos signos.

-“No hay duda, ha vuelto a encontrarnos”- esta vez fue una dulce voz femenina la que habló, el ser retrocedió sin volver a tocarle. –“¿Tiene solución?”

El horror envuelto en tentáculos comenzó a extenderlos hacia el ser vaporoso del centro, mientras este último comenzaba a abrir los parpados mostrando unos rojizos ojos sin pupilas, unas sanguinolentas lágrimas comenzaron a gotear de los enormes ojos.

-“He encontrado una fisura, puede que esta vez pase de largo”- aventuró la suave voz.

Los tentáculos retrocedieron y los párpados se cerraron. Sancho perdió la consciencia y su cuerpo se escurrió hasta quedar tumbado en el suelo.

NUEVOS INQUILINOS "Gemelos: primer acto" (Décima entrada)


Fuera, Adela volvía rauda sobre la nieve, para recoger el cofre antes de que notaran la ausencia de los niños, cuando vio venir a David. Para la mujer era un resentido cascarrabias del que no se podían fiar, jamás superó la trágica muerte de su mujer.

-Vengo de tu casa y los niños no están, ¿no se los habrán llevado con esta nieve?- preguntó algo intranquilo.

-No te preocupes por los niños- sentención Adela. Él la miró a los ojos y se dio cuenta de todo.

-Se los has llevado, a pesar de que juramos no volver a sacrificar gente inocente- el hombrecillo la apartó a un lado mirándola con desprecio. -Tarde o temprano pagareis por todo lo que habéis hecho.

-Tú no fuiste el único que perdiste a alguien, sabes que fue necesario.

-Tú jamás amaste a tus padres, para ti fue como quitarte un peso de encima- respondió David alejándose.

-Fue el azar quien los eligió.

-Miéntete si quieres, pero nosotros pudimos negarnos. Por dios, eran sangre de nuestra sangre.

Apresuró el paso y entró a la carrera en la iglesia, a punto estuvo dos veces de resbalar bajando las escaleras, pero algo pareció frenarlo en los momentos peligrosos.

Una vez ante la puerta la abrió y la niña cayó entre gimoteos sobre su regazo, de un rápido vistazo localizó al niño y se sintió aliviado al ver que todavía respiraba. Se situó rápidamente entre Sancho y los seres y les plantó cara.

-¡No dejaré que toquéis a estos niños!, ¡tomadme a mí como sacrificio si queréis!- una gran melancolía se adueñó de él. -Debí morir junto a mi mujer cuando la sacrificaron, tuve miedo a la muerte, pero ya no lo tengo.
-“No tienes de qué preocuparte”- lo calmó la voz femenina, ya que aunque decidido a dar su vida por los niños, le temblaba todo el cuerpo.-”Si quieres salvarlos sólo tienes que llevártelos lejos de aquí, coge el bote del acantilado y vete”

-¿Así de simple, sin ningún pero o condición?- preguntó atónito el hombre.

-“Sólo una condición, no te cruces ni te despidas de nadie, si quieres salvarlos deberás partir ahora mismo”

David recogió al muchacho y salió raudo de la sala, antes de que cruzaran el arco de la puerta, Sancho volvió a sentirse observado, alzó la mirada y pudo ver los rojos ojos del ser vaporoso abiertos y una leve sonrisa en su rostro. Un leve susurro distinto de las dos voces anteriores sonó en su cabeza.

-“Gracias a ti descansaré por un tiempo, ve en paz y vive una larga vida.”

Tras estas palabras comenzó a notar un calor acogedor brotando en su interior, el dolor y la fiebre, al igual que la enfermedad terminaron de desaparecer en el momento que la barca se alejó de esas tierras.

-“¿Crees que la hemos dado esquinazo?”- preguntó la ronca voz.

-“Pronto lo sabremos”

NUEVOS INQUILINOS "Gemelos: primer acto" (Undécima entrada)


La partida de David y los niños pasó completamente desapercibida para todos, menos para Diego, que desde lo alto del tejado, se despidió en silencio de su hermano, esperando que fuera feliz allí donde fuera.

El fornido aldeano siguió arreglando el tejado, frente al tejadillo, Gilberto y Juan habían decidido cortar algo de leña para poder entrar en calor cuando los del tejado terminaran. Gilberto colocaba con su única mano los fríos troncos, mientras el viejo soldado descargaba el hacha con todas sus fuerzas contra la congelada madera.

-Bueno, ya hemos terminado, espero que no se vuelva a caer- comentó Diego mientras clavaba la última pieza del improvisado tejadillo -puedes ir bajando, yo recogeré y ahora te sigo.

Nuño se acercó despacio a la escalera, pero con sus amoratados ojos no pudo ver la placa de hielo que se había formado al borde del tejado. Su pie derecho fue el primero en resbalar, trató de mantener el equilibrio sobre la pierna izquierda, pero su otro pie también cedió, y cayó del tejado.

Gilberto, que se hallaba justo bajo él, recibió el golpe cayendo hacia delante, sustituyendo el madero que había sobre el tocón por su mano. Juan, incapaz de ver lo sucedido por la ausencia de su ojo izquierdo lanzó el hacha con todas sus fuerzas contra el helado tronco, el filo seccionó la mano a la altura de la muñeca, rodando ésta hasta los pies del veterano. Gilberto cayó entre alaridos de dolor y furia sobre la nieve, tiñéndola de sangre, mientras el novato rodaba unos metros más lejos.

Antes de que él tuerto pudiera asimilar lo que había ocurrido, el joven y magullado Nuño salió corriendo en dirección a los establos, temiendo por su vida si sus compañeros le ponían la mano encima.

El soldado, con experiencia en estos casos reaccionó con rapidez. Saltó sobre la nieve y tras quitarle rápidamente el cinturón a su compañero, se lo ató en el brazo derecho, cerca del muñón sangrante.

-Así no te desangrarás- dijo más para sí que para su compañero, que debido al shock se había desmayado. -Aguanta, no tardaré en traer a esa comadreja de vuelta.

Dicho esto salió a toda velocidad furioso como un toro desbocado, antes de que el debilucho novato hubiera podido desatar un caballo para huir, Juan entró tirando la puerta del establo al suelo.

-Ven aquí rata podrida.

Gritó saltando sobre él y derribándolo al suelo, una vez allí se ensañó como nunca, lo molió a patadas y no satisfecho con esto agarró un tronco cercano y apaleó al muchacho hasta que lo redujo a un saco sanguinolento de músculos y huesos rotos. Cuando por fin se cansó de aporrearlo comprobó que el desdichado aún respiraba, así que decidió mantenerlo con vida para que Gilberto pudiera rematarlo.

Cogió los restos vivos de Nuño y los arrastró todo el camino hasta la casa, haría un fuego para cicatrizar el muñón de su compañero y con suerte sobreviviría para vengarse. Pero no pudo ser así, al llegar comprobó que en la nieve frente al tejadillo sólo estaba la mano de su compañero.

Soltó el bulto y se acercó al lugar donde debería estar Gilberto, pero sólo pudo ver un surco manchado de sangre en la nieve, alguien se lo había llevado en dirección al barranco. Cogió el hacha y a Nuño y siguió los rastros que lo llevaron hasta la puerta de la iglesia, fuera quien fuera el que se llevó a su compañero debía estar dentro todavía. Así que agarró firmemente al novato y se lo colgó del hombro por si tenía que usarlo de escudo, luego caminó hasta el altar y bajó las escaleras a oscuras, guiado por una débil luz que venía de abajo.

Tras llegar al final de las escaleras pudo ver una vela en el suelo y una puerta abierta en el lado derecho. Una extraña corriente surgida de la nada apagó la llama que los mantenía en la luz, el soldado se quedó callado y quieto, tratando de sentir los movimientos del bastardo o bastardos que se habían llevado el cuerpo. Durante unos segundos no notó nada, pero cuando oyó varias pisadas fuertes desde el interior de la sala, atravesó el umbral y se adentró blandiendo el hacha de un lado a otro. Antes de que pudiera sentir el acero golpeando contra algo, su brazo quedó atrapado por algo que lo envolvió desde la muñeca hasta el hombro, para luego arrancarle la extremidad de cuajo.

Los gritos de Juan le impidieron oír unos pasos escabulléndose tras él y el chirriar de la puerta cerrando su única salida.

NUEVOS INQUILINOS "Gemelos: primer acto" (Duodécima entrada)


Tres horas después comenzó a nevar con fuerza y Teodosio, Elvira y Marcus, cansados y congelados decidieron emprender el camino de regreso sin hallar ningún rastro de Omar o el cofre.

Poco después de comenzar la vuelta un estruendo ensordecedor les congeló la sangre y el enorme fogonazo de un relámpago sacudió la tierra ante ellos. Los caballos se encabritaron y Elvira, aplastada entre su montura y un tronco cercano, escupió una gran cantidad de sangre por la boca, para luego escurrirse a un lado del caballo camino de la acolchada nieve, pero en su descenso su pierna izquierda quedó atrapada en el arnés de su montura, acabando colgada con el torso apoyado sobre la nieve. El caballo se desbocó y sin un amo que lo tranquilizara comenzó una alocada huida perdiéndose entre los árboles, dejando un reguero de sangre a su paso.

Sus compañeros, incapaces de evitar el desastre siguieron al trote los destellos rojos sobre el blanco suelo, con la esperanza de evitar lo inevitable. Teodosio, al frente, con el corazón encogido, Marcus, detrás, tratando de seguir a su jefe como buenamente podía, confiando en no acabar como su compañera.

Tras unos veinte minutos de persecución, salieron del bosque para encontrarse en la llanura previa al pueblo que abandonaran horas antes, el rastro parecía dirigirse al establo. Ambos azuzaron a los caballos para llegar lo antes posible.

Al llegar desmontaron rápidamente y pasaron extrañados sobre la caída puerta para ver al caballo sin Elvira y atado a un poste. Teodosio se acercó lentamente al caballo mientras desenvainaba la espada y en un sólo movimiento separó la cabeza del cuerpo.

-Deben haberla recogido y llevado a la casa, no perdamos más tiempo- ordenó limpiando su espada con las pieles de su abrigo.

Marcus bajó del caballo y ambos atravesaron el temporal camino de la casa que habían ocupado. Al poco de abandonar el establo dos figuras emergían de entre la paja arrastrando una tercera.

-¿Aún respira?

-Sí, démonos prisa o no nos servirá para nada.

Teodosio preocupado por el estado de su alma gemela se dirigió raudo hacia la entrada de su nueva guarida, para ver como el enorme Diego salía de espaldas de la casa arrastrando algo.

-¿Se puede saber qué haces?- rugió pensando que se trataba de Elvira, pero al girarse el increpado pudo observar que lo que sacaba de la casa era el cofre restante del botín- ¿Cómo?

Algo no iba bien, sus hombres jamás le habrían permitido acercarse si quiera al pesado cofre, cuanto menos llevárselo. El enorme hombre se quedó blanco al ver como una ira incontenible crecía en los oscuros ojos del bandido, sus piernas empezaron a temblar y cayó hacia delante balbuceando entre dientes.

-No he hecho nada… señor no me castiguéis- el campesino se tapó la cabeza temiendo lo peor. -Sus compañeros se marcharon sin decir nada, sólo pretendía guardároslo en lugar seguro.

-¡Bastardo!- rugió Teodosio dándose cuenta de que habían estado jugando con él desde un principio- escupe toda la verdad, ¿dónde están los demás? ¿Qué habéis hecho con ellos?

-Vaya, parece que no sois tan ingenuo como pensábamos- contestó Diego con un tono de voz completamente sereno, a la par que se levantaba completamente recuperado - no tiene sentido seguir con esta farsa.

-Entonces contesta o muere- dijo el líder completamente dominado por la ira. Dio unos pasos hasta el campesino desenvainando la espada.

-No pretendo hacer ninguna de las dos cosas, me limitaré a esperar- respondió el campesino sentándose sobre el baúl.

-¡Muere!- rugió comenzando a descargar la espada, pero antes de que recorriera unos centímetros Marcus le detuvo sujetándole con los dos brazos.

-No sabemos a qué nos enfrentamos, si le matamos no sabremos que trampas nos tienen preparadas sus alegres vecinos- Teodosio le miró henchido de odio. -Se las han apañado para reducir a todos los demás, dejádmelo un rato y nos dirá todo lo que sepa, aunque no se acuerde todavía de ello.

La ira fue cediendo paso al instinto de supervivencia y en lugar de partirle en dos, le propinó tal golpe con la empuñadura de su espada que el campesino cayó inconsciente al suelo.

-Llevémosle dentro- dijo Teodosio algo más tranquilo -pero quiero que sufra hasta que no pueda mas.

-Para cuando muera no sólo le habré despellejado entero, sino que además tendrá todos sus malditos huesos rotos, uno por uno- contestó Marcus esbozando una sádica sonrisa.

NUEVOS INQUILINOS "Gemelos: primer acto" (Decimotercera entrada)


Ambos entraron en la casa arrastrando al pesado cuerpo, lo tumbaron sobre la mesa del comedor frente a la chimenea y mientras el torturador preparaba el fuego y desenvolvía sus utensilios, Teodosio le ataba fuertemente las manos y los pies a las patas de la mesa.

Una vez preparado el fuego fueron puestos a calentar varios clavos y diversas herramientas puntiagudas y afiladas. Hasta ese momento la desaparición de Elvira y el resto de compañeros le había llevado a olvidarse de su gran tesoro.

-¡Los niños!

-¿Qué pasa con los niños?- preguntó Marcus.

Ambos salieron disparados hacia la habitación donde debían permanecer atados, pero, como ya esperaban, el dormitorio estaba completamente vacío. Todos habían desaparecido. El líder giró sobre sus talones y volvió raudo a la improvisada mesa de torturas, cogió una silla por el respaldo y la rompió violentamente contra las costillas del adormilado campesino, Diego despertó profiriendo un enorme alarido de dolor.

-¡Me has hecho mucho daño!- gritó a su agresor con una mirada que mostraba una gran incredulidad.

-Y más que te va a doler- dijo cogiéndole por el gaznate y apretando con fuerza - si quieres ahorrarte un dolor indecible, dinos dónde están los niños y tu muerte será rápida.

-Sal fuera y si tu amado cofre no está, solo tendrás que seguir su rastro hasta el resto de tus compinches- contestó Diego tras escupir sangre por la boca.

Ambos asaltantes se precipitaron a abrir la puerta exterior al recordar el olvidado cofre. Al abrir no sólo el gélido frío les heló la sangre, el cofre ya no estaba.

-Si fuera mío, lo seguiría lo antes posible, la ventisca no tardará en sepultar el rastro.

Teodosio se giró y a punto estuvo de saltar sobre el humilde campesino para estrangularlo con sus propias manos, todo lo que le importaba se lo habían robado de las manos y no se había dado cuenta de nada.

-Quiero que te ensañes como nunca la has hecho, yo seguiré ese cofre y lo traeré de vuelta antes de que termines, si me ha mentido, quiero que lo haya confesado todo para cuando vuelva.

-Dalo por hecho- contestó volviendo a la mesa, sacó un estilete bastante afilado y se giró hacia su jefe -¿seguro que no quieres presenciarlo?

-Nada me haría más feliz, pero Elvira está desangrándose en algún lugar cercano, no puedo perder el tiempo.

Teodosio salió cerrando violentamente la puerta, lo que retumbó en la pared y provocó el desprendimiento de un trozo del improvisado tejadillo de la chimenea, golpeando contra las ascuas del fuego y sacando fuera de la chimenea un trozo de carbón que fue a parar justo detrás del torturador.